domingo, 21 de octubre de 2012

Historias de la globalización III (La tecnológica y de la información)


En los últimos posts he estado reflexionando sobre la globalización. Primero desde un punto de vista genérico, incluso filosófico, como fenómeno relevante en la sociedad actual. Luego desde una visión mucho más centrada en la economía y en las consecuencias económicas que para las personas tiene la globalización. Hoy me gustaría hacer una reflexion desde el papel que están jugando la tecnología, la información y los transportes, probablemente uno de los pilares más positivos sobre los que se soporta el fenómeno.

Efectivamente, el abaratamiento relativo de los coste de transporte debido a las mejoras tecnológicas y a las economías de escala impulsadas por la emergencia de un nuevo mercado de cientos de millones de personas de clases medias de muy distintos países del mundo que les ha permitido viajar y conocer mejor otras gentes y otras culturas, es un aspecto profundamente vinculado a la globalización. Es a la vez causa y consecuencia de la misma.

El hecho de que las distancias se hayan acortado enormemente en nuestro planeta tiene algunos aspectos negativos como las emisiones de CO2 derivadas del transporte aéreo pero debemos reconocer también que hay muchos elementos positivos en ese hecho: la mayor cercanía a otras culturas, la posibilidad de comprender in-situ a quien otrora veíamos como extraño o lejano, la posibilidad de mostrar y ejercer la solidaridad cuando alguna catastrofe ocurre en algún lugar del mundo, etc. A pesar de la mercantilización creciente a la que está sometido el mundo del turismo y de los viajes y por la que a veces uno tiene la sensación de no estar viviendo plenamente la realidad de las sociedades a las que visita, me parece innegable que la evolución del transporte ha significado muchísimo en el acercamiento de la raza humana y de sus diferentes culturas.

En ese sentido está jugando un papel más importante si cabe la revolución de las tecnologías de la comunicación que han puesto literalmente al mundo en la palma de una mano permitiendo compartir información y conocimientos al instante y en cualquier parte del orbe. Ya se que nos parece que el fenómeno de internet ha estado siempre entre nosotros pero debo recordar que, tan solo hace diez años era algo no tan difundido como lo es hoy, que hace quince años era una herramienta utilizada por una cierta élite de gente avanzada a su tiempo y que hace veinte años estaba en sus albores.

Si a la aparición de internet le añadimos los avances en la electrónica, la masificación de la telefonía móvil y la proliferación de los teléfonos inteligentes y otros instrumentos similares, tenemos un caldo de cultivo increible para la generalización de una nueva forma de emitir, distribuir y recibir la información y un nuevo modo de comunicarse. La información al alcance de todos en cualquier lugar, sin casi ninguna barrera. Al instante.

No hay duda de que estamos ante avances tecnológicos que están cambiando la faz de la tierra y que hay multitud de elementos positivos en los mismos pero no estoy seguro de que el ser humano, en su más profundo interior, avance a la misma velocidad. Cuando, en los primeros años de este siglo, asistíamos a la primera gran eclosión del mundo económico basado en internet y que acabó en el pinchazo de la llamada burbuja de las “punto com”, yo ya decía que lo que en aquel momento se daba en llamar de forma rimpompante “nueva economía” y que iba a acabar con los males del entramado económico capitalista durante tiempo indefinido al incrementar exponencialmente la eficiencia del sistema, no era ni más ni menos que la misma economía de mercado de toda la vida, con sus cosas buenas y sus cosas malas, solo que mucho más veloz.

Argumentaba ya entonces que las mejoras en la cadena de valor del sistema provocadas por la tecnología contribuirían en una gran medida a la mayor rentabilidad de las empresas que las utilizaran de forma intensiva y solo en una medida más discreta a beneficiar al consumidor.

Pero no quiero volver a hablar de economía sino de la comunicación y de la información globalizada e instantánea que nos llega de la mano de las tecnologías. Es una verdadera revolución, es un gran avance, pero el ser humano no está preparado para ella todavía. Todavía no es capaz de obtener un beneficio social de forma equilibrada. El déficit de educación profunda y humanista de nuestras sociedades, la tendencia al materialismo, al consumismo, a la concentración de nuestra actividad en la consecución de fines materiales, el predominio de los mensajes simplistas de todo tipo dominados por el sacrosanto marketing, crean el peligro de que el enorme repositorio de información digital de nuestro planeta pueda ser usado de formas cuestionables o ser objeto de manipulaciones o de utilizaciones interesadas.

El mismo tipo de reacciones sociales que se daban hace décadas se dan ahora con mayor velocidad, a veces sin que las personas sean capaces de digerir la situación de partida y de encarar de forma más reflexiva el porqué de la reacción a la que se van a sumar.

La información es buena, cuanto más libre mejor. La comunicación es buena, cuantos más instrumentos para comunicarnos, mejor. Pero la educación profunda y humanista, no solo la que necesitamos para producir o consumir más, es imprescindible para utilizar la información y las herramientas de comunicación de forma sensata y al servicio de la colectividad.

¿Para cuándo la revolución de la educación en el planeta? Para cuándo la globalización educativa?


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